El sobreturismo y los influencers de viaje mantienen una relación que ya no se puede ignorar en 2026. Lo digo sin rodeos: sí, los creadores de contenido contribuyen de forma real a saturar ciertos espacios naturales, pero son solo un engranaje dentro de una maquinaria mucho más grande. Un simple vídeo que acumula tres millones de visualizaciones puede convertir un sendero discreto en una atracción abarrotada en apenas unas semanas.
He visto este fenómeno con mis propios ojos, en varios continentes, a lo largo de años de trekking. No es la nostalgia de un «antes» idealizado: los datos lo confirman, los gestores de espacios naturales no dejan de dar la voz de alarma, y los habitantes de los destinos afectados lo viven a diario, a veces con auténtica frustración. En este artículo explico cómo se disparó este fenómeno, qué daños está causando sobre el terreno y qué está empezando, por fin, a cambiar.
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ToggleCuando una foto viral cambia el destino de un lugar
Casi siempre empieza de la misma forma. Un senderista, una pareja de viajeros o un creador profesional publica una foto o un vídeo de un rincón hasta entonces poco conocido. La publicación funciona bien, al algoritmo le encanta, y en cuestión de días el lugar se convierte en un destino «instagrameable» que todo el mundo quiere marcar en su lista. El problema es que estas plataformas nunca muestran la cola de dos horas, el aparcamiento colapsado o el sendero convertido en una autopista de excursionistas.
Este mecanismo tampoco es exclusivo de Instagram. TikTok juega hoy un papel al menos igual de potente, con sus formatos cortos que transmiten una sensación de accesibilidad inmediata. Un rincón remoto en alta montaña parece de pronto estar al alcance de cualquiera, aunque en realidad exija una preparación física y logística real. Es exactamente ese resorte el que ha disparado las cifras de visitantes en sitios de todo el mundo.

Por qué el algoritmo adora los paisajes espectaculares
Las plataformas sociales funcionan a base de interacción, y nada genera más «me gusta» que un paisaje saturado de color con una figura humana diminuta para dar la escala. Este tipo de contenido lo cumple todo: es fácilmente identificable, despierta envidia y empuja a compartir. El resultado es que los mismos puntos de vista reaparecen una y otra vez en los feeds, creando un efecto de lista de deseos colectiva en el que miles de personas quieren reproducir exactamente la misma imagen, en el mismo lugar, a menudo en la misma época del año.
El geotag ha amplificado aún más esta dinámica. Antes hacía falta conocer un lugar para llegar hasta él. Hoy, un simple toque sobre una ubicación da acceso a la ruta completa, a las horas de mayor afluencia e incluso al mejor ángulo para la foto, gracias a cuentas especializadas creadas justamente para eso. Esta democratización de la información geográfica tiene su lado positivo, pero también ha eliminado la fricción que antes protegía de forma natural los sitios más frágiles.
Para hacerse una idea de la magnitud del fenómeno, basta con mirar el volumen de publicaciones asociadas a un solo hashtag. La etiqueta #trolltunga acumula ella sola más de 150.000 publicaciones en Instagram, una cifra que deja bastante clara la dinámica de imitación visual en juego. Como recuerda la asociación francesa AIFE en su análisis del fenómeno, Instagram se convierte a menudo en un chivo expiatorio cómodo, ya que muchos de estos lugares sufrían una afluencia elevada mucho antes de la llegada de las redes sociales. El smartphone no inventó el problema desde cero, sobre todo lo hizo visible y lo aceleró a una velocidad sin precedentes.
Sitios saturados en cuestión de meses
Los ejemplos concretos no faltan, y algunos se han convertido en auténticos casos de estudio. El sitio noruego de Trolltunga, esa roca suspendida sobre el lago Ringedalsvatnet, recibía alrededor de 800 visitantes al año a principios de la década de 2010. Hoy la cifra ronda los 80.000 a 90.000 senderistas por temporada, un salto directamente ligado a la viralidad de las fotos en internet. Las autoridades noruegas han tenido que reaccionar desplegando guardas forestales de forma permanente en el sendero e instaurando un peaje para los vehículos que suben por la carretera hasta los aparcamientos.
En Francia, el caso de Étretat ilustra la misma mecánica a otra escala. Una cavidad rocosa apodada «El Ojo del Panda», un nombre puramente comercial inventado de la nada, se ha convertido en una atracción imprescindible gracias al revuelo generado en redes sociales. El municipio apenas cuenta con 1.300 habitantes, pero recibe a más de un millón de turistas cada año, sin contar el creciente flujo de cruceristas que llegan en autobuses desde el puerto de Le Havre.
En París, la pintoresca rue Crémieux vive una situación comparable. Lo que era una tranquila calle residencial de fachadas pastel se ha convertido en un decorado tan codiciado para Instagram que una cuenta dedicada, Club Crémieux, documenta ahora las escenas a veces absurdas de influencers posando en plena calzada, para disgusto de los vecinos, que apenas pueden volver a casa.

Lo que el pisoteo realmente le cuesta a los senderos y a la fauna
Detrás de la estética cuidada de las fotos, la realidad ecológica es mucho menos atractiva. El pisoteo intensivo compacta el suelo, destruye el humus e impide que la vegetación se regenere con normalidad. En la montaña, el problema es aún mayor: a 1.700 metros de altitud, hacen falta entre 15.000 y 40.000 años para reconstituir solo 10 centímetros de suelo. Es decir, que una degradación acelerada por la sobreafluencia es, a escala humana, prácticamente irreversible.
El GR20 en Córcega, una de las rutas más exigentes y más fotografiadas de Europa, registró más de 136.000 pernoctaciones ya en 2021, según el Parque Natural Regional de Córcega, un récord que no ha dejado de crecer desde entonces. Esta afluencia empuja a los senderistas a crear senderos secundarios no oficiales en cuanto la ruta principal se satura, lo que fragmenta los hábitats y multiplica las zonas erosionadas.
La fauna tampoco sale indemne. La presencia humana repetida genera un auténtico estrés crónico en numerosas especies: más gasto energético para huir, más fracasos reproductivos, abandono directo de territorios que en otras condiciones serían adecuados. Estos son los impactos más documentados por los gestores de espacios naturales protegidos:
- Erosión del suelo provocada por la compactación repetida y la pérdida de materia orgánica
- Creación de senderos salvajes que fragmentan los hábitats naturales
- Alteración de la fauna, con aves y mamíferos que abandonan ciertas zonas
- Contaminación física de cursos de agua y acumulación de residuos, a veces orgánicos
- Mayor riesgo de incendio, sobre todo en verano en macizos secos
- Degradación paisajística progresiva que cuesta recuperar de una temporada a otra
Los habitantes atrapados entre el orgullo y el hartazgo
El sobreturismo alimentado por las redes sociales no solo daña los paisajes, también trastoca el día a día de quienes viven allí todo el año. La multiplicación de los alquileres de corta duración, a menudo mucho más rentables para los propietarios que el alquiler tradicional, dispara los precios de la vivienda y literalmente expulsa a algunos vecinos de su propio barrio.
En junio de 2025, colectivos locales coordinados por la red Southern Europe Network Against Touristification organizaron manifestaciones en varias ciudades emblemáticas: las Canarias, San Sebastián, Barcelona, Ibiza, Mallorca, Menorca, Génova y Venecia. No se trata de un episodio anecdótico, refleja un hartazgo real ante unos flujos turísticos percibidos como incontrolables y amplificados por la viralidad de los contenidos en internet.
He podido hablar con vecinos durante mis viajes, y el sentimiento que más se repite no es el rechazo al turismo en sí, sino la sensación de no tener voz frente a una afluencia que crece más rápido de lo que las infraestructuras locales pueden asumir.
Este hartazgo afecta tanto a las grandes ciudades como a los pueblos más recónditos. En Bali, la enorme concentración de visitantes en zonas como Canggu, Ubud o Seminyak ha disparado los alquileres hasta el punto de que algunos habitantes ya no encuentran vivienda en su propio pueblo. Es un patrón que se repite de un destino a otro: los beneficios económicos del turismo rara vez llegan de forma equitativa a quienes soportan, en realidad, la mayor parte de las molestias del día a día.
Mi experiencia sobre el terreno
Recuerdo un trekking en Noruega hace unos años, en el que había planeado acampar tranquilamente cerca de un mirador que se suponía poco frecuentado. Al llegar, sorpresa: una decena de tiendas ya estaban plantadas exactamente en ese punto, todas orientadas para conseguir el mismo ángulo de foto que una publicación que se había hecho viral meses antes. El ambiente ya no tenía nada de inmersión tranquila en la naturaleza, parecía casi un campamento organizado para repetir la misma toma.
Más recientemente, mientras hacía senderismo por los Hauts de Chartreuse, comprobé que acampar con tienda está ahora prohibido, una medida adoptada después de que decenas de tiendas empezaran a colonizar los pastos alpinos cada verano, dificultando el pastoreo y generando más residuos de los que los gestores del espacio podían asumir. Mi opinión sincera: este tipo de restricciones, aunque resulten frustrantes para los senderistas más experimentados, se vuelven necesarias cuando la autorregulación deja de funcionar.
Bali, Maya Bay, Venecia: los destinos que se convirtieron en símbolos del turismo masivo
Algunos lugares han acabado encarnando, casi sin pretenderlo, la magnitud de este fenómeno. Su rasgo común: una estética extremadamente fotogénica que aceleró su sobreexposición en redes mucho más allá de lo que su capacidad real podía soportar.
Bali, una isla que ya no puede respirar
La isla indonesia superó en 2025 los 7 millones de visitantes internacionales, un salto del 75 % respecto a 2015, en una superficie de menos de 6.000 km² y con una población local de unos 4 millones de habitantes. Las terrazas de arroz de Tegalalang, el Monkey Forest de Ubud o las playas de Canggu, omnipresentes en las cuentas de viajes, concentran la mayor parte de esta presión. Ante la situación, la agencia de viajes Evaneos decidió en 2026 dejar de promocionar ocho de los lugares más saturados de la isla, con el objetivo declarado de reducir su afluencia a la mitad antes de 2030. Las autoridades balinesas, por su parte, han implantado una tasa turística, congelado temporalmente ciertas construcciones hoteleras y prohibido los plásticos de un solo uso.
Maya Bay, la playa cerrada para regenerarse
En Tailandia, la playa que el cine y después millones de fotos compartidas hicieron mundialmente famosa registró tal nivel de afluencia que las autoridades tuvieron que cerrarla por completo durante alrededor de dos años para permitir que el coral, dañado por el continuo paso de barcos y bañistas, se regenerara. Esta decisión radical dio la vuelta al mundo en la prensa internacional y todavía hoy se cita como ejemplo de gestión de crisis turística.
Venecia y Roma: el fin del turismo gratuito
Venecia prohíbe desde 2021 el acceso de cruceros de más de 180 metros y 25.000 toneladas a su centro histórico. En Roma, a partir de febrero de 2026, los visitantes que quieran acceder a la Fontana de Trevi deberán pagar una tasa de dos euros. Medidas como estas, impensables hace una década, muestran hasta qué punto las ciudades más fotografiadas de Europa buscan ahora regular en lugar de simplemente acoger a todo el que llega.
¿Son los influencers los únicos responsables?
Sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre los creadores de contenido. El sobreturismo es muy anterior a Instagram: la democratización del transporte aéreo y el auge de las aerolíneas low-cost ya hicieron, desde los años 2000, que los viajes de larga distancia fueran accesibles para un público mucho más amplio. Las redes sociales han actuado sobre todo como un acelerador, no como la causa única.
Algunos creadores, de hecho, hacen justo lo contrario: sensibilizan a su comunidad sobre buenas prácticas, difuminan voluntariamente ubicaciones frágiles o se niegan a geolocalizar ciertos rincones salvajes. En Canadá, por ejemplo, una cuenta satírica que nació para burlarse de poses ridículas en plena naturaleza terminó usando su audiencia de más de 150.000 seguidores para hacer sensibilización medioambiental, un giro que me parece bastante esperanzador. En Francia, el gobierno presentó incluso en 2025 un plan de regulación de los flujos turísticos que moviliza directamente a influencers francófonos para difundir mensajes de turismo más responsable. Es una vía interesante, aunque su eficacia a largo plazo está todavía por demostrar.
Hacia un turismo más responsable: lo que ya está cambiando
La buena noticia es que las cosas están empezando a moverse de verdad. Cupos diarios, tasas de acceso, retirada voluntaria de la promoción de ciertos lugares, prohibición del vivac salvaje en las zonas más frágiles, refuerzo de las patrullas de guardas forestales: los gestores de espacios naturales ya no se limitan a sufrir la viralidad, ahora se anticipan a ella. Algunas cuentas especializadas llegan incluso a denunciar públicamente los comportamientos más absurdos, convirtiendo a parte de la comunidad viajera en vigilantes en lugar de simples consumidores de imágenes bonitas.
Por mi parte, cada vez priorizo más las temporadas bajas y las rutas alternativas menos expuestas, un hábito que recomiendo a cualquier senderista al que le importe preservar los lugares que visita. Si este tema te interesa, ya he detallado algunos principios de trekking responsable en nuestra guía interna sobre cómo preparar un trekking de alta montaña, que complementa bien este artículo.
Para profundizar en los mecanismos del sobreturismo, puedes consultar el artículo de referencia de Wikipedia sobre el sobreturismo y el reportaje publicado por RTS sobre la situación en Bali, dos fuentes que utilicé para documentar este artículo.
Preguntas frecuentes
¿Son los influencers legalmente responsables del sobreturismo?
No, actualmente no existe ningún marco legal global ni nacional que haga responsable a un creador de contenido de la afluencia en un sitio.
- Sin responsabilidad jurídica: Ninguna legislación actual permite hacer responsables a los influencers de los flujos turísticos generados por la publicación de sus fotos o vídeos en internet. La libertad de expresión y de compartir contenido sigue siendo la norma en las plataformas digitales.
- Surgen códigos voluntarios: Ante el impacto real de las imágenes virales sobre los ecosistemas, numerosas oficinas de turismo y parques nacionales colaboran ahora con los creadores de contenido. Los animan, de forma voluntaria, a adoptar prácticas más responsables, como retirar las ubicaciones precisas en fotos de sitios naturales frágiles o incluir mensajes de sensibilización medioambiental en sus publicaciones.
¿Cómo saber si un destino sufre sobreturismo antes de viajar?
Una pequeña investigación digital previa permite valorar el nivel de saturación de un sitio antes de reservar el viaje.
- Analizar la huella digital: Revisa el volumen de publicaciones asociadas a los hashtags o ubicaciones del lugar en las principales redes sociales. Un aumento repentino de contenido reciente suele ser un indicador fiable de alta afluencia. Conviene también consultar plataformas de opiniones de viajeros buscando palabras relacionadas con aglomeraciones, esperas o saturación.
- Adaptar el calendario: Para no contribuir a los picos de afluencia que asfixian las infraestructuras locales, intenta planificar tus visitas fuera de las vacaciones escolares, opta por la temporada baja o los días entre semana, y busca las horas de menor concurrencia, muy temprano por la mañana o al final del día.
¿Existen alternativas viables a los sitios turísticos más saturados?
Sí, casi siempre hay lugares alternativos igual de espectaculares y mucho menos frecuentados muy cerca.
- El caso de Bali: En la Isla de los Dioses, las famosas terrazas de arroz de Tegalalang sufren una saturación turística extrema. En cambio, las terrazas de Jatiluwih, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ofrecen panorámicas agrícolas de mayor amplitud manteniendo un ambiente tranquilo y auténtico, lejos de las multitudes.
- La regla de los pocos kilómetros: Por lo general, basta con alejarse solo unos kilómetros, o unos minutos a pie, de los miradores y «spots fotográficos» más compartidos en internet para encontrar paisajes similares donde la presión turística es casi inexistente.
¿Hay que sentirse culpable por visitar lugares que se hicieron populares por las redes sociales?
No necesariamente, lo que importa no es el lugar al que vas, sino cómo te comportas una vez que llegas.
- Ser consciente de tu impacto: Es totalmente legítimo querer ver con tus propios ojos un paisaje espectacular que descubriste en una pantalla. Aun así, acceder a estos sitios emblemáticos implica una mayor responsabilidad por parte del viajero para no agravar la degradación del entorno.
- Adoptar los hábitos correctos: Puedes marcar una diferencia real respetando escrupulosamente las indicaciones locales: mantente siempre en los senderos señalizados para evitar pisar la vegetación, gestiona todos tus residuos de forma responsable, y consume en comercios locales tradicionales para que el beneficio económico llegue directamente a las comunidades que asumen las molestias de esta popularidad.
About Chiara Lopez
Soy Chiara Lopez, apasionada por los viajes, el trekking y los grandes espacios naturales. A través de mis aventuras y descubrimientos, comparto consejos, itinerarios e inspiración para ayudar a los amantes de la naturaleza a preparar sus próximas escapadas y vivir experiencias auténticas.
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